Los primeros que ejercieron la medicina en esta Guadalajara fueron
los frailes, que aparte de curar las almas, curaban el cuerpo; era muy
común que en la portería del convento de San Francisco se
les enseñara a los indios, se les diera comida a la gente pobre,
limosna a los necesitados, consuelo a los deprimidos y medicina a los dolientes.
Es muy probable que estos mismos frailes fueran los encargados de atender
el hospital de la Santa Vera Cruz (hoy templo de San Juan de Dios) y a
los vecinos de la ciudad; se sabe, según las crónicas, que
un médico vino con la expedición de Nuño de Guzmán,
su nombre no se da a conocer, pero lo que sí es cierto, es que fue
el primero que ejerció la medicina española en estas tierras.
Para 1584, el renombrado médico y escritor Juan de Cárdenas ya ejercía en el hospital de la ciudad, este galeno nos legó su "Primera parte de los problemas y secretos maravillosos de las Indias", que "no es propiamente un tratado de medicina, sino una recopilación de cuestiones científicas". En 1588, el señor Cárdenas se fue a radicar a México y se puso en su lugar al cirujano y boticario Francisco de Espinosa, el cual duró hasta el 3 de abril de 1590, año en que fue sustituido por el doctor Enrique Tabares; a quien se le designó un sueldo de doscientos pesos oro común y se le daba para su vivienda una parte del mismo hospital (de San Miguel) y se le facultaba para hacer venir de México las medicinas". No cabe duda que Enrique Tabares dejó buen nombre y fama, pues el padre Antonio Tello nos informa que fue un "excelente médico que hubo en aquel reino"; Arturo Chávez Hayhoe refiriéndose a este médico nos dice que al tiempo y "después de dar limosnas, casado muchas doncellas huérfanos y pobres, haber dotado monjas y asistido enfermos insolventes, renunció a su profesión para recogerse en una celda del convento de San Francisco, "que los prelados le dieron, por ser hombre virtuoso, espiritual y muy devoto". Fray Francisco Tavares, religioso legó del convento de San Francisco de esta ciudad, fue hijo del doctor Enrique, este fraile fue enfermero mayor; médico, boticario, cirujano y barbero; la botica siempre la tuvo muy aseada y fue la mejor que existió en ese tiempo en la ciudad, "fue un religioso a quien debió mucho toda la ciudad de Guadalajara... Su muerte se le ocasionó de ejercitar la caridad, porque habiendo salido a la ciudad a visitar a dos personas nobles, honradas y pobres que estaban enfermas de tabardillo, se le pegó este mal y murió de él". A principios de siglo XVII regresó a Guadalajara el doctor Juan de Cárdenas, pues él atendió en su enfermedad al Presidente de la Audiencia, Santiago de Vera, quien murió en 1606; en viejos papeles de la época, nos encontramos a una partera: "... y los dichos treinta pies, en cuadra, se han de contar desde la casa de jacal que está edificado donde al presente vive la partera...". Era costumbre que los médicos visitaran a sus enfermos en mula. También en ese tiempo estaban al servicio de la gente los hechiceros, magos, brujos y "saludadores"; estos últimos eran hombres que imaginaban curar enfermedades a fuerza de bendiciones, santiguaciones y soplidos. Su especialidad era curar la rabia, aunque también curaban otras enfermedades, tanto en humanos como en animales; la veterinaria existía pero "el oficio sólo era desempeñado por gente baja y plebeya que nunca se vio a persona ilustre o caballero que lo ejercitara". Estos "saludadores", eran muy hábiles, mañosos y embusteros, traían engañados, seducidos y desorientados a obispos, teólogos, médicos y aún al Santo Tribunal de la Inquisición; practicaban su oficio en las plazas públicas. afuera de los templos, en las calles y también iban a las casas de quien los llamara. "Ahí signaban y persignaban al enfermo, recitaban oraciones que ellos sólo sabían y soplaban con la boca sobre ellos; y como los embusteros sostenían que a mayor fuerza del soplido correspondía más grande eficacia, y, como según ellos, el vino engrandecía la potencia del soplo empezaban sus curaciones engullendo copiosos tragos de vino". Los saludadores, ensalmadores o santiguadores, no aceptaban paga alguna, pero sí la recibían como limosna, era tal esa "limosna" que en un sólo día de fiesta o domingo, podían vivir desahogadamente toda la semana. En muchos casos, este oficio fue hereditario, pues hubo casos en que el abuelo, padre e hijo lo ejercían simultáneamente. Tal como hoy, la gente se curaba de dos formas, una era por medio de médicos instruidos que manejaban la ciencia de esa época y la otra, el de las famosas recetas caseras que se trasmitían de padres a hijos. Mucho tiempo se abusó de la purga y la sangría, pues era utilizada casi para todo mal. Las sangrías se hacían con lanceta abriendo la vena o por medio de sanguijuelas, los encargados de hacerlas eran los barberos; así que el médico ordenaba y el barbero procedía. Era muy común ver en las barberías "el criadero de animales que pululaban en grandes lebrillos de barro o en barricas de madera; debía renovar con frecuencia su existencia, pues "sanguijuelas" que ha chupado no vuelve a chupar, cuando menos en mucho tiempo". Con estos animalitos se lograba extraer una regular cantidad de sangre, pues eran utilizadas de 10 a 12 sanguijuelas en cada sangría; también eran usadas en sangrías locales, por ejemplo se introducían en la garganta para descongestionar las anginas inflamadas. Muchas de las sangrías y las purgas, no dieron el resultado esperado, pues el padre Tello nos cuenta lo que le pasó a Gines Vázquez del Mercado, conquistador, capitán y gobernador de la Nueva Galicia, quien enfermó de "unas seguidillas de sangre... le dieron una purga recia, con que luego al punto murió". |